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la nueva relacion entre partido y movimiento

by Bertinotti, desde: Rebeldia - 01.01.2004 12:38

La pregunta:
¿Cuál debe ser la nueva relación entre partido y movimiento?

Fausto Bertinotti, presidente del Partido de la Refundación Comunista de Italia
 

Revista Rebeldia
Revista Rebeldia

La pregunta
¿Cuál debe ser la nueva relación entre partido y movimiento?

(Revista Rebeldia: Como anunciamos en la presentación "Los motivos y las sinrazones" del primer número de Rebeldía, cada número le formularemos una pregunta a algún intelectual, dirigente social o militante de izquierda. La pregunta la hacemos nosotros y la respuesta le pertenece. En este número el invitado es Fausto Bertinotti, presidente del Partido de la Refundación Comunista de Italia)

Vivimos en un tiempo de paradojas. La primera es aquella de Europa en donde frente a una profunda crisis de la democracia, de la política y de la izquierda, se consolida el crecimiento de un extraordinario movimiento que propone el renacimiento de la política, la exigencia de transformación y la esperanza de que "otro mundo es posible". Junto al reforzamiento de la derecha neoliberal y populista en la mayoría de los países europeos, se expresa el resurgimiento del protagonismo social, de las huelgas, del conflicto.

Una paradoja, que esclarece las tareas que tenemos por delante. La exigencia de una refundación no es sólo la de una "refundación comunista", como era evidente después de la caída de los regímenes del Este, sino que está planteada como un problema más general. Hoy tenemos que hablar de "refundación" de la política y de la democracia, o mejor dicho de las formas de la política y de la democracia. Una "refundación" que, contrariamente a lo sucedido con las grandes revoluciones europeas del siglo XIX, no plantea un objetivo general, no quiere modificar en forma iluminista las estructuras del Estado y de la vida social, sino que hereda del siglo XX y del octubre de los soviets su "esencia partisana (NO SABEMOS SI ESTO ES LO QUE SE QUIERE DECIR)". Ésta nace de quienes plantean una crítica a la globalización capitalista y a sus procesos de despojo de la política y de la democracia. Nace de los sujetos que hoy se ubican en forma antagónica respecto a los procesos de modernización.

El movimiento antiglobalización es planetario pero totalmente partisano (NO ENCONTRAMOS CÓMO TRADUCIRLO MEJOR); nace en Seattle, en el corazón del imperio, su crítica es radical, comienza con los efectos de la globalización, para llegar a sus causas y abarca no sólo la economía, sino también la cultura y la ciencia. Abarca los procesos económicos y sociales, y somete a una crítica incontestable al pensamiento que los conforma y engloba. Rompe el mecanismo del pensamiento único y homologante del neoliberalismo.

Hoy este movimiento está empeñado en una carrera contra el tiempo. La posibilidad de cambiar el mundo no sólo es una esperanza, sino también un camino. No es sólo una posibilidad en torno a la cual convocar energías y sujetos. Ésta se ha vuelto urgencia porque el movimiento debe hacer cuentas con un hecho dramático y extraordinario: el choque con el núcleo más duro de la globalización capitalista, con la guerra como trato característico, necesario e inminente del proceso. Estamos frente a una fase importante, una nueva fase de su historia. Este movimiento que, después de los hechos de Génova, en Italia, ha sido capaz de superar la espiral represión-lucha-represión y que condenó al terrorismo, hoy tiene la tarea verdaderamente grande de impedir la guerra imperial y de proponer, en un mundo azotado por el neoliberalismo, un proyecto de paz.

La globalización de la ilusión.

Aquí encontramos también otra paradoja de nuestros tiempos. Tenemos delante de nosotros dos ondas largas que van en direcciones opuestas. La primera es aquella de la globalización neoliberal, la otra es aquella del movimiento antiglobalización. Dos ondas que crecen, envuelven y cambian.

La globalización capitalista se encuentra hoy en una fase diferente a la de sus orígenes. Ésta ha entrado en crisis. Por lo tanto, podemos hablar de una segunda globalización, "la globalización de la crisis". ¿Qué queremos decir cuando hablamos de una segunda globalización? En la fase inicial de este gran proceso de reestructuración del capitalismo mundial, tanto sus apologistas como sus detractores tenían claro que éste generaría desigualdad en el planeta y también en los países ricos del occidente industrializado. Pero se afirmaba que, como nunca, se produciría desarrollo, crecimiento, civilización. La tendencia era inversa, ya que en el mundo globalizado aumentaban las injusticias, así como las diferencias entre los ricos y los pobres. Los datos hablan claro: cada diez segundos una mujer o un hombre muere porque no tiene agua para beber; el ingreso de seiscientos millones de personas de los cuarenta y tres países más pobres equivale al ingreso de tres personas multimillonarias. Además mientras en 1820, en el inicio de la Revolución Industrial, los países ricos tenían un ingreso que correspondía a tres veces el de los países pobres, en 1920 éste era quince veces mayor; después de la Segunda Guerra Mundial era treinta veces mayor y hoy los países ricos tienen ingresos hasta ochenta veces mayores respecto a aquéllos de los países pobres. Pero todo esto parecía casi irrelevante. Muchos habían pagado el precio -se admitía- pero el saldo final habría sido positivo; el bienestar finalmente habría llegado también para los últimos de la tierra.

Muchos creyeron y muchos quedaron deslumbrados. En Europa vivíamos años terribles: la caída de los regímenes del Este, la derrota del movimiento obrero y de las grandes luchas, que hasta finales de los 80, habían logrado conquistas importantes como nunca se habían alcanzado en Italia y en Europa. Todo esto hizo la ilusión aún más fuerte. Tan fuerte que envolvió y arrastró también a las fuerzas socialdemócratas y obreras, que representaban a los trabajadores y a las clases populares. Estas últimas fueron convencidas y subsumidas por los procesos de globalización. Su proyecto frente a aquellas ilusiones cambió drásticamente. Ninguna oposición, ninguna confrontación frente a las terribles leyes del mercado y de la empresa globalizada. En lo fundamental, esas fuerzas democráticas aceptaron todo lo que la reestructuración capitalista propuso e impuso, limitándose a abogar por una moderación de los aspectos más feroces de la globalización y de los excesos del mercado. Nació de esta ilusión el "nuevo reformismo" europeo y mundial que, abandonando la visión de las clases subalternas, asumió plenamente el punto de vista del mercado; el reformismo que ha considerado al neoliberalismo como algo objetivo y natural y ha aceptado la guerra como evento necesario para la consolidación de la nueva modernidad. Un reformismo de nombre que ha abandonado, de hecho, cualquier idea de reforma, aún como débil modificación de lo existente. Es el reformismo de Blair y de D´Alema, de Clinton, de los gobiernos de centro izquierda europeos, que llegan al gobierno montándose en la globalización y perdiendo poco a poco sus lazos sociales y su identidad de izquierda.

Son pocas las fuerzas críticas en esta primera fase de la globalización. Entre estas fuerzas, sin duda, se encuentra el movimiento zapatista que se coloca en contratendencia con respecto a los procesos de opresión y de homologación. Lo hace de dos formas: afirmando su resistencia frente a los "vencedores" y configurando para los pueblos indios una experiencia de autogobierno. De esa manera, al tiempo que resiste, plantea el problema, que luego será tarea del movimiento antiglobalización, de la reforma de la política.

La Globalización de la crisis.

Hoy aquella primera fase de la globalización se ha agotado. Estamos frente a la traición de todas las promesas sobre las cuales, la globalización había construido su hegemonía. Estamos frente a la desilusión. No hay civilización, sino crisis de civilidad; no hay crecimiento imparable, sino crisis económica; no hay un futuro cierto, sino inestabilidad. Se ha derrumbado la idea de que el mundo podía ser únicamente de la forma en que la globalización lo estaba definiendo. Y que éste, con sus limitaciones y sufrimientos, era de cualquier forma el mejor de los mundos posibles. Se ha difundido más y más la conciencia de que no estamos frente a la "última sociedad", y que la globalización no es la única vía para definir el futuro, no es el único y posible modelo económico y social. Para las grandes masas del planeta ésta ha perdido su objetividad que la hacía aparecer ante los ojos de la mayoría como un proceso natural.
Las crisis vuelven a presentarse. Sobre todo la crisis económica. Esta última afecta también a Estados Unidos, el país locomotora del desarrollo, el país cuyo modelo económico y social es más favorable a los procesos de globalización.
Una crisis económica que la "nueva economía" habría tenido que sepultar, expulsando junto a ésta las políticas keynesianas y reformadoras y revindicando los magníficos y progresivos alcances de las políticas neoliberales. La "nueva economía" y sus promesas han sido desmentidas de la forma más clamorosa. Los tigres asiáticos ya no son tigres; el Japón vive una crisis desde hace una década; la irresistible locomotora norteamericana choca; el poderoso ascenso de Europa se para y no da signos de sustituir a la locomotora norteamericana. Para abreviar, sobre este punto basta con recordar a Argentina. Así que el futuro que tenía que ser casi científicamente determinado, está dominado por la incertidumbre. La vida cotidiana, que gracias al progreso de la ciencia y la tecnología tendría que haberse vuelto segura, está hoy expuesta al arbitrio y al miedo. La explotación de la materia viva que tendría que haber dominado el hambre y la muerte, haciendo a los hombres más fuertes y capaces de dominar la naturaleza, ha producido, por el contrario, el resultado opuesto. Lejos de dominar, estamos más sujetos a dominios desconocidos; lejos de ahuyentar a la muerte, nos hemos acercado a ella.

Ya no bastan las fórmulas tecnológicas para el dominio del planeta. Aquí está entonces la guerra. Se asoma nuevamente con violencia, se vuelve "constituyente" y pone en evidencia (además del carácter oligárquico del nuevo gobierno del mundo) la total incapacidad de resolver la exclusión de gran parte de la población mundial del bienestar y también de las más elementales posibilidades de sobrevivencia. La globalización necesita de la guerra, esta última determina el nuevo orden mundial, e impone el dominio del imperio.

En el centro del imperio se encuentra Estados Unidos porque este país es el modelo social más afín a la globalización y porque tiene la más grande concentración de poder militar.

Junto a la guerra, el terrorismo. La crisis de la globalización hizo surgir una forma de exclusión, nueva e inimaginable en las categorías del pensamiento único. La que rechaza no sólo el modelo económico y social propuesto por la modernización capitalista, sino a la propia civilización de occidente. Una exclusión en la cual toma cuerpo el fundamentalismo que se convierte en caldo de cultivo de donde nace el terrorismo y se desarrolla con formas y organizaciones autónomas.

El hijo contestatario.

El movimiento antiglobalización es hijo contestatario (y ojalá llegue a ser el sepulturero) de esta globalización. Éste parece hoy el único recurso en contra de la crisis política y de sus modelos, representa el punto de ruptura más alto con la cultura del siglo XX, dominada por una idea de organización centralizada, que se creía poseedora de la sabiduría y del poder necesario para trascender el capitalismo. Aquella idea perdió, y perdió en todo el mundo con efectos dramáticos, como lo demuestran los países del Este europeo y como lo demuestra la misma crisis de los partidos de la izquierda europea que, de cualquier forma, en aquel modelo se inspiraban. Hoy el movimiento antiglobalización está sembrando una nueva cultura crítica. En este movimiento, en su manera de existir y de crecer, se ha anunciado la abolición de cualquier diferencia entre "externo" e "interno", entre conciencia y clase. Entre partido como vanguardia y masas por "educar" para la revolución. Al movimiento antiglobalización, como a los zapatistas, no les interesa la "silla" del poder, no les interesa alcanzarla y sentarse encima de ella. El objetivo es un recorrido, un camino que transforma a los sujetos y al mundo. La crítica, la oposición a la globalización capitalista y al pensamiento único nace en su interior y se desarrolla en relación con la sociedad y con las grandes contradicciones que resultan de la globalización capitalista.

Este movimiento no es un fenómeno excepcional y coyuntural. Es una onda larga que tiene el mismo significado que el movimiento obrero tenía en el siglo XX. Por esto resiste a todos los que quieren destruirlo; por esto sigue adelante en su elaboración y en su capacidad de incidir en la sociedad. En Génova supo resistir a una represión que no sólo quería quebrarlo, sino que quería cambiar su identidad fuertemente pacifista y no violenta. La operación, aún siendo brutal, no logró su objetivo, y esto gracias a los anticuerpos del movimiento. En Florencia, hace sólo unos meses, hemos presenciado una extraordinaria maduración. No sólo la afirmación de su existencia (importantísima), como en Puerto Alegre en 2002, sino también una nueva politicidad. Un ejemplo se dio frente a la cuestión de la guerra. Durante la agresión norteamericana contra Afganistán, el movimiento se unificó en torno al rechazo de la guerra en cuanto tal. Podríamos decir sobre una dimensión ética. Una posición ciertamente importante y además no discriminadora. Hoy se manifiesta el rechazo a la guerra contra Irak, porque ésta es la consecuencia "necesaria" de la doctrina Bush y de los procesos de globalización. Se ha reconocido evidentemente el nexo que liga los grandes procesos económicos mundiales, las condiciones del planeta, con una condición de guerra permanente. De todo esto ha surgido un NO a la guerra, sin condiciones y sin titubeos.

Hemos visto en todas la ciudades de Europa un movimiento heterogéneo, que contiene todos los sujetos críticos de la globalización: los de raíz obrera, las que vienen del feminismo y de la cultura de género, los ambientalistas y ecologistas, aquellos que nacen de insoportables y dramáticos rezagos sociales, como hambre y enfermedades del Sur del mundo y enajenación del Norte del mundo.

En estos últimos años, desde Seattle en adelante, el movimiento progresó; no se quedó estático. Dentro de la idea de que otro mundo es posible está creciendo la capacidad de otra propuesta política. La idea de una alternativa social crece en un proceso en el cual la diversidad de los sujetos es un valor, además del valor de la experiencia concreta del hacer común. En este movimiento no se toma en cuenta la pertenencia, no se pregunta "¿de dónde vienen?" más bien ¿a dónde van, qué es lo que quieren y queremos? Obviamente no se ha resuelto la cuestión del sujeto y sujetos de la transformación, pero esta cuestión ya esta planteada. Del mismo modo madura una crítica que va del antineoliberalismo al anticapitalismo. Esto no significa que se haya elaborado una hipótesis completa para superar el sistema, pero ya está en curso un proceso que, a partir de la denuncia de las injusticias sociales y económicas, puede llevar a la identificación de sus causas. Un proceso que encuentra la crítica al saber científico, acumula experiencias y sabiduría. Cuando se habla del derecho al agua como necesidad esencial, universal, variable independiente, se emprende un camino de reivindicación local y global que necesariamente tiene efectos sobre la relación entre los seres vivientes y el medio ambiente, sobre los ordenamientos políticos, sobre los poderes, sobre la propiedad.

Un nuevo intelectual colectivo.

Podríamos decir que en este proceso vital, en este recorrido crítico el "intelectual colectivo" es el movimiento, porque es éste el que elabora y propone. El "partido" tiene su función, más bien encuentra su función si actúa desde el interior, sin pretensiones ni búsquedas de hegemonía en esa elaboración, ni en el nacimiento y desarrollo del nuevo "intelectual colectivo".

Esto hoy madura y crece en la conciencia de tener que confrontar y resolver la más dramática paradoja de nuestros tiempos (otra de las paradojas). Por primera vez en la historia de la humanidad esta transformación capitalista separa la idea de la innovación de la idea de progreso. Es la primera vez que en los países "desarrollados" las formas de la modernidad no coinciden ni en una mínima parte con el bienestar de las grandes masas. Por el contrario, las condiciones de vida y de trabajo empeoran. Para que la competencia sea absoluta, se necesita flexibilidad en el trabajo, en la naturaleza, en las personas y en sus cuerpos. Se necesita del dominio absoluto del sistema sobre las clases, las personas, la naturaleza; pero esto nos lleva a las "crisis" en lugar de al crecimiento ininterrumpido, al desequilibrio, a las rupturas, a la inestabilidad y a la incertidumbre crecientes. Nos trae la guerra como respuesta a la inestabilidad y al fin de aquella democracia que era fundamento de la fuerza y hegemonía del mundo occidental.

De aquí nace la urgencia. Nace del peligro de una crisis de civilización que podría ser irreversible. Nace en Europa de la exigencia de revivir la herencia de la cultura de la transformación, aún viva en el cascajo del socialismo real y de la crisis de la socialdemocracia.

La urgencia es darle eficacia a un movimiento que se ha ganado plenamente el derecho de existir. Ésto adquiere hoy diversas formas; en Europa es sobre todo un movimiento social, en los países de Latinoamérica ha logrado aglutinarse alrededor de una propuesta política. Pienso en la extraordinaria acumulación de experiencias que ha llevado a Lula al gobierno de Brasil, o a la originalidad de aquélla de Chávez en Venezuela; además de la sorprendente convergencia de experiencias de lucha sean ellas tradicionales, independentistas, sean indígenas, unificadas por una oposición común al neoliberalismo y al imperio. Será la convergencia de estas experiencias con aquéllas del movimiento antiglobalización europeo lo que permita crear una red de relaciones de lucha que pueda hacer posible otro mundo.

La prueba de Europa.

En Europa tenemos un largo recorrido por hacer, porque otra paradoja de nuestros tiempos nos involucra directamente, la de la izquierda europea. Ésta tiene todo para crecer y hacer crecer una idea de transformación y de alternativa social, pero cuenta muy poco. Tiene frente a ella un movimiento que clama por otro mundo posible, pero no logra traducir esto en una propuesta política fuerte y creíble. Su inadecuación contribuye a la transformación de Europa en un gigante con los pies de arcilla, incapaz de contraponer un modelo social y político al aplastador modelo impuesto por Estados Unidos.

También Europa tiene en su tradición y en su ADN algo a lo que estamos ligados profundamente, y que permitió en el siglo XX la irrupción de las masas en la política y en el asalto al cielo. Nos referimos a todas las formas de subjetividad organizada, a los partidos y sindicatos, además de las ligas, casas del pueblo, a los periódicos, asociaciones, a todas las formas de organización de la sociedad civil, y a aquel "país en el país" del cual hablaba Pierpaolo Pasolini, que ha producido cambios y emancipación, nuevas conquistas y grandes conciencias críticas. Sabemos que hoy algunos de esos instrumentos no gozan de buena fama, pero estamos seguros que han significado algo tan importante en nuestra historia, que su herencia crítica tiene aún algo que decir. Ésta nos habla de autogobierno y democracia participativa, de construcción alternativa de una cultura y de un sentido de la política que no es solamente toma del poder u ocupación del gobierno. En el pasado esas formas de organización contribuyeron a la emancipación de grandes masas; hoy frente a la doble derrota, de los regímenes del Este y de la socialdemocracia, para sobrevivir y recobrar sentido y dignidad deben iniciar una nueva historia, deben introducir un elemento de discontinuidad. El camino se lo está indicando el movimiento. La izquierda europea debe introducir en su cultura y en su práctica una crítica a la idea del poder desprendido del proceso de transformación. Esta última debe ser puesta en el centro de su acción y de su propuesta, rompiendo con todos los esquemas del pasado. La izquierda europea debe asumir en pleno la crítica al confrontar la economía y también frente a la organización de la política y de la ciencia. Rompiendo de esta forma con cualquier exigencia de objetividad de los procesos globalizadores; lo cual representa el cautiverio cultural que la corrompió. No es un camino fácil; esto implica una revisión crítica de todos los instrumentos organizativos, políticos y culturales que han guiado su acción. Todo esto implica una nueva e inédita relación entre los partidos y los movimientos. En Florencia, el movimiento antiglobalización ha introducido en la política una importante novedad conceptual y práctica de la cual no podemos prescindir, si queremos construir en Europa una fuerza de la izquierda alternativa. En Florencia el movimiento propuso una práctica política al mismo tiempo radical y unitaria. Hasta ahora, en la izquierda y en el movimiento obrero estos dos términos no iban de acuerdo. El radicalismo en las posiciones ha generado casi inevitablemente la división. Podríamos hacer una larga lista de hechos históricos recientes que lo demuestran. La búsqueda de la unidad, por el contrario, ha acallado y matizado las posiciones más radicales. Algunas veces -ha dicho el movimiento- es posible ser radicales y unitarios llevando a cabo una verdadera transformación, una verdadera revolución conceptual, práctica y de comportamiento. De hecho el foro social europeo ha elaborado una plataforma de contenidos radicales sobre todos los grandes temas y contradicciones del planeta: el neoliberalismo y el antineoliberalismo, la paz y la guerra, el trabajo y la ganancia, la información, el Norte y el Sur del mundo, los derechos, las migraciones. En suma, el movimiento se ha reconocido en una plataforma antagonista a lo existente, sin renunciar a una vocación y tendencia unitaria. También sobre estos temas y sobre sus posibles soluciones ha logrado sumar y unificar. Sobre ésto ha logrado una masa crítica que le permite dialogar e influir a sectores sociales que habían estado en un segundo plano en la definición de la política tradicional y por tanto podrían aparecer lejanos a estos temas y sus posibles soluciones. Al respecto, y sin tratar de unir o dividir a priori, ha medido las fuerzas políticas y ha construido su interlocución con éstas. El movimiento como tal no apareció interesado en las divisiones de la izquierda, no ha tomado uno u otro partido, no escogió ni escoge sin discutir sus propuestas. Todos aquellos que contribuyen a construir una oposición a la globalización y a sus instrumentos son bienvenidos, todos pueden ser parte del movimiento y contribuir a su crecimiento.

Sin este camino, sin este cambio de rumbo político y cultural, se pierde. No sólo pierde la izquierda, pierde Europa, que aún teniendo en su historia todos los elementos necesarios para la construcción de un modelo social alternativo a la globalización, hoy parece incapaz de salir de un evidente proceso de norteamericanización.

El Partido de la Refundación Comunista (PRC) tiene algo para revindicar en la búsqueda de este camino. En los últimos años hemos visto en el movimiento antiglobalización un recurso de gran valor estratégico. En este movimiento el PRC ha estado desde el principio, a la par de otras fuerzas, contribuyendo a su crecimiento sin pretensiones hegemónicas, rompiendo con antiguos conceptos de la relación entre partidos y movimientos y renovando su misma cultura y forma de ser. Hemos generado en nosotros grandes cambios, hemos renovado nuestra cultura política y organizativa. Hemos también pagado el precio de nuestra coherencia. Hoy estamos en el movimiento antiglobalización a la par de otros partidos, asociaciones y organizaciones. Estamos aquí con convicción porque consideramos que contaminarnos de los diversos que forman parte del movimiento es un hecho importante que construye nuestra misma fisonomía política. Pensamos que la ruptura de las cercas entre diferentes culturas y experiencias es fundadora de nuestra forma de ser, consideramos la valoración de las diferencias parte de nuestra identidad política.

Estamos convencidos que sólo así puede renacer un proceso de transformación. Éste no puede ser más que mundial, y tiene que surgir del movimiento de movimientos. No puede entonces ser más que plural, fundado sobre una cultura de la experiencia, no puede tener más que una vocación crítica frente al nuevo capitalismo. Esto no puede más que pasar a través de la construcción de nuevas formas de autogobierno. Es decir a través del renacimiento de la democracia.


Traducción: Gianfranco Marano y Paola Guerra Rendón
 http://www.revistarebeldia.org/revistas/003/art12.html
Rebeldía no. 3, Enero 2003

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